Que un plato salga dorado y no simplemente cocido es cuestión de calor y humedad, no de suerte. Estos son los ajustes que de verdad marcan la diferencia.
Sube la temperatura al final, no todo el tiempo
Cocinar a temperatura alta desde el principio suele quemar la superficie antes de que el interior esté hecho. Cocina a la temperatura normal de la receta y sube a 220-230°C solo los últimos 5-10 minutos para conseguir el dorado sin resecar el interior.
Seca la superficie antes de meter al horno
La humedad en la superficie del alimento actúa como barrera y evita que dore — por eso una pieza de carne o verdura recién lavada nunca dora igual de bien que una bien secada con papel de cocina antes de hornear.
Usa la función grill o gratinador al final
Si tu horno la tiene, dos o tres minutos de grill al final de la cocción consiguen un dorado que ni la temperatura más alta del modo normal logra — pero vígilalo de cerca, pasa de dorado a quemado en segundos.
Una capa fina de grasa ayuda más que una gruesa
Un chorrito de aceite o una pincelada de mantequilla facilita la reacción de Maillard (la responsable del dorado y el sabor tostado). Demasiada grasa, en cambio, hace que el alimento se fría en vez de hornearse, y el resultado es grasiento, no dorado.


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